Islas Gigantes, un paraíso en las Bisayas filipinas

Si algo me gustó de Filipinas, fue precisamente la hospitalidad sincera de su gente y las muchas playas de ensueño que hay a los largo y ancho de su archipiélago. Dos elementos siempre presente a lo largo de mi itinerario por la isla de Palawan y las bisayas occidentales. Pero, si hay un lugar en el que alcancé el clímax, en el que la amabilidad sobrepasó casi cualquier límite y en que no podía creer la belleza auténtica de sus playas, ese fue Islas Gigantes.

islas gigantes

Pero, ¡cómo di con un lugar tan especial y poco turístico! Pues bien, todo empezó cuando, haciendo autostop por las Bisayas durante mi paso por Filipinas, concretamente en la isla de Panay, un motorista se ofreció a llevarme desde el puerto de Dumangas hasta Iloilo, la capital, que distaba uno 20 km. Como el motorista, Giorgio, andaba con tiempo y ganas de charlar, le ofrecí tomar una cerveza en agradecimiento al llegar a la ciudad. Fue entonces cuando, entre charla y charla, me habló de estas islas con un entusiasmo sincero y desmesurado. Esa noche la pasé en casa de una chica filipina muy maja y viajada de la comunidad couchsurfing. Le pregunté por estas Islas Gigantes y me confirmó ser un lugar muy especial al que bien hacía en ir. No se habló más, a la mañana siguiente, siguiendo sus indicaciones, me dirigí a Islas Gigantes a descubrir por mi mismo la magia de este rincón perdido de las Bisayas.

isla gigante

Un jeepney a la estación de Iloilo, llamada Leganes, un autobús que me llevó a lo largo del litoral oriental de Panay hasta Estancia y, tras un par de horas de espera, un barco que me llevaría, junto con una sobrecarga de mercancía y pasajeros, a Islas Gigantes. En este caso no hice autostop porque los tiempos eran muy justos para alcanzar el barco de la 1, el único que diariamente conectaba al mundo con las islas. Un par de horas de trayecto surcando otras islas más pequeñas y llegué a la más septentrional y poblada de las dos Islas Gigantes.

barco filipino

Pronto anochecería y solo tuve tiempo de buscar dónde dormir y averiguar el modo de conseguir gente con quien compartir un barco que nos llevase a explorar los rincones de este pequeño archipiélago. Para lo primero conseguí dormir en una casa en un árbol a casi 10 metros de altura por un par de euros la noche, un pequeño sueño desde que era un crío y que pude cumplir de forma inesperada. Lo segundo, en cambio, se presentaba más difícil ya que, salvo un grupo de chinos y un par de coreanos que tenían ya todo contratado, era el único extranjero en la isla.

casa arbol

A la mañana siguiente me dispuse a explorar los pequeños islotes de alrededor. Tras mucho y mucho regatear ante la obligación de tener que costear solo el precio del viaje, conseguí quien me llevase en un pequeño barco a motor por 700 pesos, 14 euros al cambio. ¡Y bien que los valió! 3 pequeñas islas (solo una de ellas habitada) con playas espectaculares, y dos visitas a la isla sur de las dos gigantes para visitar una laguna escondida y una playa espectacular con un pequeño arrecife donde hacer snorkel.

laguna escondida

Paisajes todos ellos espectaculares y casi sin ni un solo visitante más que el pescador que me llevó en su barca y yo. Más magia que esa era prácticamente imposible encontrar en un lugar tan particularmente bello como este y contando con que, a pocas horas de allí, se encuentra Boracay, el lugar más turístico de toda Filipinas.

islote habitado

La tarde de ese mismo día, el único que pude pasar, por desgracia, en Islas Gigantes, lo dediqué a recorrer toda la isla norte por el camino que la circunda al completo. Unos 5 kilómetros de paseo en los que la gente me saludaba, los niños se paraban a jugar conmigo, los chavales me invitaban a unirme a la partida de baloncesto, cientos de gallos quiquiricaban como si el amanecer se hubiese eternizado y algunas señoras me invitaba a comer almejas mientras las limpiaban durante horas. Fue algo humanamente espectacular.

jugando baloncesto

conchas de colores

La isla había sido azotada hacía apenas un año por el tifón Haiyan, dejando a su paso muchísimos muertos, y su gente, muchos de ellos viviendo aún en las tiendas cedidas por ONG’s internacionales, pareciera vivir con una positividad particular ante la vida. Agradecida por lo poco o mucho que pudiesen poseer. Toda una lección de vida en un paseo que jamás olvidaré y que rematé subiendo a lo más alto de un faro moderno construido sobre las ruinas de un faro español de finales del siglo XIX. Nuevamente, otro pequeño sueño que todavía no había tenido oportunidad de cumplir y que se hizo realidad en estas islas.

faro islas gigantes

A lo largo de los casi 10 meses que llevaba de viaje por Asia, ese fin de semana de mediados de febrero en el que la suerte me hizo dar con estas maravillosas islas, no muchos habían sido los lugares que, como Islas Gigantes, habían marcado la diferencia por su autenticidad y particular belleza. Son lugares estos que, por ser casi secretos y bastante difíciles de encontrar, cuando se cruzan en tu camino, uno los toma y disfruta como un auténtico regalo que este planeta, no sabemos por cuanto tiempo más, nos sigue generosamente confiriendo.

playa perfecta

Por ello, y a sabiendas de que así no contribuyo, aunque sea mínimamente, a que estas islas sigan siendo el rincón secreto que son, lo comparto con vosotros, quienes me leéis que me leéis en este humilde blog. Os pido solo que me guarden el secreto o que, al menos, como creo estar haciéndolo yo con vosotros, lo compartan solo con personas que sepan apreciar y cuidar un lugar tan genuino y valioso como estas pequeñas islas tan llenas de magia.