Japón por menos de 10 euros al día

Japón no es un país barato. Ni para vivir, ni para viajar por él. Pero existen muchas formas de conocerlo sin gastarse una fortuna. Yo conseguí hacerlo la pasada primavera por menos de 10 euros al día durante dos semanas. De hecho, tras recorrer una veintena de países en Asia durante mi viaje alrededor del mundo, Japón acabó siendo el país donde menos dinero gasté de media diaria. Y os puedo asegurar que lo hice sin renunciar en absoluto a vivir una experiencia completa en el país.

jardin en tokio

Me privé de muchos lujos, en gran parte innecesarios, pero no de disfrutar y conocer su cultura en la profundidad que me permitieron las dos semanas que estuve por allí. Es más, como entenderéis más adelante, los recursos a los que tuve que recurrir para contener gastos me obligaron a interactuar más de lo habitual con la gente local, lo cual me permitió conocer un Japón mucho más cotidiano y real que el de la imagen que se lleva un turista medio.

A continuación iré desvelando los secretos de este viaje “low cost” de dos semanas por Japón, a la vez que contando las muchas cosas que me sorprendieron del país a lo largo del itinerario que fui trazando por los diferentes lugares que visité. Como podéis ver en el mapa de abajo, recorrí unos 1.100 kilómetros entre Fukuoka, al norte de la isla de Kyushu, y Tokio, la capital. Una de decena de paradas en total correspondientes a 10 ciudades de menor o mayor tamaño pero con diferentes atractivos en cada caso. Podéis clicar en la foto para navegar en el mapa y ver el itinerario en detalle.

itinerario en japon

De Fukuoka a Kitakyushu. El debut con el autostop

Tras una placentera noche en ferry desde Corea del Sur, llegué muy temprano en la mañana a Fukuoka. El control migratorio en el puerto se extendió un poco más de lo normal, pero se dio sin problemas. Como alegría inicial, entrar en Japón sin tener que pagar ningún tipo de visado o tasa migratoria, por lo que uno se empieza ahorrando ya una buena suma.

Fukuoka es una de las ciudades más importantes, a la par que habitable, de todo el país. Aunque está lejos de poseer la riqueza histórica y cultural de las que me quedaban por visitar más adelante. Me di una vuelta por el centro histórico para tomar contacto por primera vez con el país, visitar algún templo budista, sacar dinero y pedir un mapa del país en la oficina de turismo. Ya estaba listo para continuar rumbo al norte de la isla de Kyushu, la más meridional de las grandes islas de Japón.

La mayor sorpresa, aunque sabida y esperada, fue encontrarme un país tintado del blanco y rosa de los cerezos en flor. Sí, sin planearlo, ¡llegué a Japón en pleno sakura! Todo un regalo. Para una vez que la meteorología me acompañaba, tenía que disfrutarlo.

japon sakura

Pero, recién llegar a un nuevo país, tan diferente al tuyo, y tener que plantarte en una monstruosa autopista a sonreír y levantar el dedo ante coches que pasaban a 120 kilómetros por hora, no era tan color de rosa… ¡No quedaba de otra! El transporte en Japón, junto al alojamiento, es de las cosas más caras. Ni los autobuses, ni el tren con el famoso “Japan Rail Pass“, son opciones baratas. Solo queda caminar, ir en bici o, como yo, ¡hacer dedo!

El autostop en Japón puede ser ciertamente complicado si no se sabe cómo. Lo más difícil es entrar a la autopista, ya que no se puede acceder a pié. La única opción es tomar el primer pasaje desde la ciudad en la que se esté justo en el punto de entrada a la autopista. Google Maps es de mucha ayuda en la localización de estos puntos. Una vez localizado, basta solo con seguir reglas básicas como: posicionarse en un punto en el que haya buena visibilidad para dar tiempo a los conductores para que te analicen y puedan decidir si llevarte, conceder espacio para que puedan frenar con seguridad, llevar un cartel en japonés que indique tu destino, dar buena apariencia, sonreír mucho, etc.

Estrenarme en la salida de Fukuoka no fue tarea fácil. Tan solo tenía que recorrer 70 kilómetros hasta Kitakyushu e iba bastante bien de tiempo, pero, quizá por ser la primera vez, no supe encontrar una entrada clara a la autopista y tuve que plantarme en un carril de incorporación a la autopista en la que los coches pasaban muy rápido. El pesimismo se apoderó de mí muy pronto ante la gran cantidad de conductores que pasaban ignorándome, mirándome con miedo o incluso riéndose de mí. Sin embargo, no pasó ni media hora cuando un chaval japonés me vio y, tras dar toda una vuelta para regresar donde estaba, me subió a su furgoneta retro. El panorama cambió drásticamente y me di cuenta de que, como en todos los lugares donde ya había hecho autostop en el mundo, tan solo había que ser paciente hasta que esa buena persona de cada 100 o 1000, pase y te eche una mano. Hablamos como pudimos, ya que su inglés era muy básico, y, al parecer nos debimos caer muy bien cuando decidió desviarse varias decenas de kilómetros de su destino para dejarme en el mío. La única condición fue parar a saludar en el camino a un amigo suyo en su casa de campo. ¡Yo, encantado! Allí conocí a su amigo y a algunas señoras que estaban comprándole algunos productos de su huerta. ¡La experiencia a dedo por Japón no pudo empezar mejor!

autostop japon

En Kitakyushu estuve solo de paso. Llegué ya en la tarde, con tiempo de ver tan solo el castillo de la ciudad, el primero de los muchos que vería a lo largo del viaje. Allí me hospedé en el apartamento de Takatoshi, un amable chico japonés con el que me estrené en eso de dormir en casa de gente local. Y es que, durante mi estancia en Japón, no gasté ni un solo yen en alojamiento. Pero eso os lo cuento más adelante.

Hiroshima, la primera gran visita. ¡Hablemos de comida!

Pese a que me costó nuevamente dar con un buen lugar donde tomar un primer pasaje con el que encauzarme en la carretera principal, una vez conseguido, todo fue sobre ruedas. Cuando consigue entrar en la autopista, solo tiene que asegurarse de que los conductores te vayan dejando en las estaciones de servicio y que no te saquen de ella. Desde allí no se tarda casi nada en conseguir que te levanten. Además, una vez en la dentro, las distancias se recorren muy rápidamente.

japon a dedo

Así llegué a Hiroshima, gracias en gran parte al aventón que me dio un camionero. Una ciudad tristemente conocida por la bomba atómica que el ejército norteamericano lanzó hace 70 años causando miles de muertes y lesiones graves. Hiroshima, pese a su trágico pasado reciente y la imagen que este nos hace tener de la ciudad en el exterior, es bastante alegre y moderna. Como casi toda ciudad japonesa que se precie, también tiene un bonito castillo en medio de un parque rodeado de cientos de cerezos. Sin embargo, lo que realmente merece la pena es el Parque Memorial de la Paz, con varios monumentos conmemorativos, un interesantísimo museo en el cual entender la magnitud de lo ocurrido aquel día y un edificio todavía en ruinas que se dejó sin reconstruir para nunca olvidad tal barbarie.

hiroshima

Ya en Hiroshima, habiéndo acabado ya los víveres que traía desde Corea, tuve que empezar a ingeniármelas para no morir de hambre sin gastarme una fortuna. En realidad no es difícil si uno se priva del lujo de comer en restaurantes, ya que estos son realmente caros. Los supermercados y tiendas 24 horas fueron mis mejores aliados. Hay muchos snacks y comidas precocinadas bastante aceptables a precios muy razonables. En Japón también se estilan mucho las bandejas con comida preparada: sushi, ensaladas, frituras, el saludable y nutritivo natto (no dejen de probarlo), etc. Estas, además, suelen estar de oferta en los supermercados en la tarde-noche, ya que caducan ese mismo día y bajan los precios para darles rápida salida. Mis favoritos eran los onigiris y los dorayakis, que por un euro (al cambio), saciaron mi hambre en muchas ocasiones durante mis largas caminatas por las ciudades de Japón.

comida japonesa

Para librarla a nivel nutricional en Japón uno debe cometer algún que otro pecado gastronómico, mezclar cosas que igual no pegan tanto y dejar de comer determinados alimentos caros como la carne o el pescado por algún tiempo. Lo mejor que puede pasarte, como siempre, es tener un lugar donde cocinar allá donde te hospedes. Eso te permite cocinar huevos, algunas verduras, como por ejemplo las setas, que son bastante económicas, o calentar curries, sorprendentemente populares en este país. Por desgracia, el arroz, ese gran alimento llenador, es bastante caro en Japón. Y cuando digo caro me refiero a que no vi ninguno por menos de 7 euros el kilo (al cambio). Por supuesto, el pan tampoco es barato, pero el de molde puede ser muy socorrido en alguna que otra ocasión. ¡Ah! y en agua no gasté ni un yen, ya que puede beberse directamente del grifo.

Dicho esto, os cuento que tuve la oportunidad de probar muchos otros platos gracias a gente que me invitó a comer en alguna ocasión o en las casas de las personas que me fueron alojando. Pero de eso, del alojamiento en Japón, os hablo con mayor detenimiento en el siguiente apartado.

Rumbo al este y parada en Kurashiki. Dormir en Japón

Tracé mi itinerario, siempre rumbo al este, con la única premisa de llegar a tiempo para tomar mi vuelo en Tokio. Parando allá donde me interesase y durmiendo donde consiguiese un alojamiento gratuito a través de Couchsurfing. Muchos ya conocéis esta comunidad de viajeros en las que se intercambian favores en forma de alojamiento, información… a cambio de amistad, compañía, comida, etc. Lo vengo usando muy seguido desde que comencé el viaje. Pero, en Japón, donde los precios de hospedaje son verdaderamente prohibitivos, fue de una inmensa ayuda. Conseguí alojamiento en casa de gente local todas y cada una de las 14 noches que pasé en el país. Eso sí, supeditando mi itinerario a la disponibilidad de los miembros de la comunidad allá donde viviesen. Aunque realmente no tuve que sacrificar casi nada de lo que quería ver camino a Tokio. Quizá hubiese manejado otros tiempos de estancia en cada lugar, pero el pequeño sacrificio de no ser dueño de mis planes se vio ingentemente compensado plenamente por las innumerables experiencias auténticas que viví dentro de esas casas en las que personas y familias japonesas me hicieron un hueco y me trataron como a uno más.

Así, tras alojarme por tercera vez en el pequeño apartamento de un soltero japonés, en esta ocasión en la casa de Kazumasa en Fukuyama, llegué a Kurashiki, donde tuve la suerte de ser alojado en la acogedora y tradicional casa japonesa de la familia Ido. Pasar con ellos dos días fue la experiencia más profunda que experimenté en Japón. Dormir sobre tatami, compartir con ellos sus sofisticados cuartos de baño japoneses, cocina okonomiyaki y tempuras en su mesa, beber té en la sobremesa y muchas otras vivencias; valió incluso más que todas las maravillas que vi en el país.

familia japonesa

A los Ido también les siguieron los Suzuki en Mishima, la brasileña de origen japonés Andrea y hasta mi colega español Pablo, expatriado en Tokio. Todos ellos, con su gran generosidad, fueron un importante apoyo en mi paso por Japón sin los cuales no podría haberlo visitado con un presupuesto tan bajo. A estas alturas ya no imagino mi viaje por el mundo sin couchsurfing.

Kurashiki es una pequeña localidad llena de historia y en cuyo centro histórico es una auténtico lujo pasear. Casualmente, mi estancia allí coincidió con el fin de semana, motivo por el cual encontré un par de bodas y mucha gente en la calle con vestidos tradicionales.

personas japonesas

Desde Kurashiki me escapé una tarde a Okayama a ver su castillo, que tiene la particularidad de ser de color negro.

La gran suerte de poder visitar Himeji. ¿Son caras las entradas en Japón?

El de Himeji es el castillo de castillos en Japón. No solo por su envergadura y su calidad arquitectónica, sino también por ser el único original. El resto de castillos del país fueron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruidos posteriormente.

himeji

Mi inmensa suerte en el caso de Himeji fue la de pasar por allí justo un par de días después de que lo reabrieran tras 5 años de restauración. Tal como lo oyen. Llego a pasar una semana antes y no podría haberlo visitado. Fue espectacular, el único en el que entré en todo Japón. Me bastó y sobró. Salvo la masificación de turistas que allí se congregaban e hicieron la visita de lo más sufrida, fue todo un placer recorrer sus rincones. Igualmente impresionantes las vistas desde el piso más alto con cientos de cerezos en plena flor.

himeji ciudad

La entrada costó 1000 yenes, unos 7,5 euros al cambio. Un precio bastante razonable y muy alto comparado con el resto de monumentos y museos del país, que normalmente tienen precios mucho más bajos. En este sentido y a diferencia de otros países de la zona, como China, las entradas son muy baratas en Japón, por lo que uno no tiene necesidad de privarse de visitar lugares por aquí.

¡Kioto!

Kioto, a quién a muchos (como a mí) suena más por el incumplido Protocolo de Kioto, lo es casi todo en Japón. O, al menos, lo máximo. Es el centro de gran parte de la historia y la cultura japonesa, ya que fue la capital hasta que se trasladara a Tokio a mediados del XIX. Allí es normal encontrarte a geishas por sus callejones; entrar en palacios imperiales de leyenda; visitar los mejores jardines del país, como el de bambúes de Arashiyama; o impresionantes templos sintoístas como el Fushimi Inari-Taisha, con sus archiconocidos torii naranjas que, alineados, se multiplican hasta el infinito. Kioto es todo un espectáculo. Su visita es de obligadísimo cumplimiento si se va a Japón. Y, además, tuve la suerte de conocerla en pleno sakura, algo impagable.

A continuación os dejo algunas fotos que inspirarán y se expresarán mejor que todo lo que os pueda decir con palabras:

pasillo bambugeishatorii sintoista

De Kioto emprendí de nuevo rumbo al este en la que sería la recta final hasta Tokio. En el camino dejé dos grandes ciudades, Osaka y Nagoya, reservando así todas mis energías para la capital.

Breve parada en Mishima, donde no pude ver el Fuji

Paré un par de días en Mishima, un pequeño pueblo a los pies del monte Fuji, para explorar un poco la zona y sacar buenas fotos del volcán. Inicialmente quería subir en un trek, pero en esa época del año aún no hace el calor suficiente ahí arriba y está aún cerrado al público. Pues, al final, ni subida ni foto. Estuvo nublado los dos días que pasé allí y no pude ver absolutamente nada. Ya me extrañaba a mí que la suerte me estuviese dando tantas alegrías seguidas… Será en otra ocasión, aunque, de haberlo visto, hubiese sido un viaje redondo a Japón. Al menos, me alojé con la familia Suzuki, que me trataron nuevamente como a uno más de la familia. Otra gran experiencia, solo por eso mereció la pena parar allí.

Última parada e Japón y Asia: Tokio

En ningún lugar mejor que en Tokio para despedirme de esta etapa del viaje. Una capital monstruosa, y lo dice alguien que ha vivido en México DF. No hay rincón en el que no se sienta de verdad la extrema densidad de población de esta capital.

cruce shibuya

El frikismo en estado puro por sus calles, luces, tiendas y cafeterías inimaginables, ciencia ficción… Toda la excentricidad de este país se manifiesta en Tokio. Aquí vi muchas cosas que no encontré en el resto del país. Esta ciudad lo tiene todo, desde lo más moderno y raro, hasta lo más clásico y tradicional. Dediqué 3 días al completo a recorrerla a pie casi de punta a punta. Más que los lugares de interés turísticos, los cuales también visité, me interesaba ver su día a día, el de la gente cotidiana haciendo su vida normal en los barrios de la ciudad.

tokyo

Podría hacer una larga lista de lugares que visitar en Tokio pero, a estas alturas os habréis dado ya cuenta de que este largo post no va de eso. Como digo, es grande pero no inabarcable a pié contando con la ayuda ocasional del transporte público. Algo caro, por cierto. Por ello me anoté los lugares que me interesaban en un mapa y la caminé admirando cada rincón inusual y cada detalle curioso… bajo la lluvia y bajo el sol, en el día y en la noche. Siempre sorprendente.

luces tokio

Para despedirme de Tokio, de Japón y de 11 meses de viaje por el continente asiático; una cena con algun@s viej@s amig@s, japoneses y extranjeros residentes, en un restaurante de sushi. ¡Gracias Noriko, Takako, Yoko, Balazs, Marc y Pablo por despedirme a lo grande! ¡No pude tener un impulso mejor para saltar el Pacífico al día siguiente y llega a América!

cena fin asia

Concluyendo con algunas cifras

Bueno, y después de toda esta parrafada que espero os haya inspirado y de la que hayáis aprendido algún truco para viajar por Japón con un presupuesto muy bajo, supongo que os gustaría conocer algunas cifras reales… Os los proporciono a continuación de manera muy resumida:

Sin contar con el ferry de llegada ni el vuelo de salida, mis gastos durante 2 semanas en Japón fue de tan solo 132,58 €, unos 9,5 € al día, ¡menos de 10 € diarios! 10,77 € en transportes, 98,22 € en comidas y bebidas, 14,45 € en entradas, 9,14 € en productos de higiene y algunas compras y 0 € en alojamiento y visados. De modo que me gasté un 74% del total en comidas y bebidas, un 11% en entradas, un 8% en transporte y un 7% en compras varias. Creedme que si hubiese ido de hoteles, viajado en tren, comido en restaurantes y hecho alguna que otra compra (lo que normalmente hace cualquier viajero); el presupuesto de dos semanas habría sobrepasado los 1.000 euros.

Dicho esto y sin mucho más que añadir a este post en el que tantas cosas os he contado, os animo a que el dinero no os frene a ir algún día a este país maravilloso y único en el mundo. Querer es poder, solo hay que saber cómo. Para mí cumplió todas las expectativas. Jamás olvidaré todo lo vivido en mi paso por Japón.