Larung Gar, en las entrañas del budismo tibetano

Pocos lugares he visitado en mi vida tan auténticos y extremos como Larung Gar. Ni en este viaje alrededor del mundo, ni en los más de 10 años que llevo viajando en continua búsqueda de rincones genuinos del planeta. Los he encontrado, y muchos, más bellos, más agradables, más acogedores y hasta más espectaculares. Pero ninguno tan sobrecogedor como este rincón de China.

larung gar panorama

Para situarnos, Larung Gar es un pequeño pueblo tibetano al nordeste de la provincia de Sichuan, muy cerca del confín con la Región Autónoma del Tíbet. Situado en las faldas orientales del Himalaya, a unos 4.000 metros de altura. La principal particularidad de este lugar es la de ser sede de una de las mayores academias budistas del mundo, con más de 40.000 monjes y monjas que conforman casi la totalidad de la población. Esta academia, y su consecuente asentamiento humano, fue creada hace tan solo una treintena de años por Jigme Phuntsok, un importantísimo lama de la antigua tradición budista Nyingma.

academia larung gar

A Larung Gar llegué por las coincidencias del destino, como se suele encontrar este tipo de lugares. Al comienzo de mi viaje de 30 días por China, decidí huir de la modernidad de la costa oriental hacia el interior del país en busca de una China más auténtica. Tras 35 horas de tren llegué a Chengdu, donde me hospedó un grupo de españoles a través de Couchsurfing. Antonio, Carmen y Lois, blogueros de viaje los tres, recién regresaban de pasar las vacaciones de año nuevo chino en Larung Gar. Aún impresionados por la visita al lugar, me recomendaron ir. No lo dudé. Tan pronto como terminé de visitar Chengdu y sus alrededores, emprendí camino hacia la montaña.

larung gar casas

Un día de bus para salir de Chengdu y llegar a Maerkang, la primera localidad tibetana rumbo al noroeste, seguido de un segundo y duro día de autostop hasta llegar a Larung Gar, en las inmediaciones de Sertar. Ni siquiera había carretera en ese segundo tramo, solo un camino de terracería lleno de baches. Conforme me iba adentrando en el valle por el que transcurría el camino, los pueblos que iba atravesando se tornaban más auténticos. Algunos con casas que parecían de otra época. No había duda, estaba entrando en la China más profunda.

calles larung gar

El autostop se da muy fácil en esta zona, me alegré de haber recurrido al dedo para llegar. Aunque, para quienes quieren optar por una manera más fácil de acceder, hay un bus directo desde Chengdu que sale muy temprano en la mañana y tarda todo un día en llegar.

larung gar chimenea

La llegada al lugar fue en pleno anochecer y con temperaturas bajo cero, algo normal tratándose del mes de febrero. Ya sorprendido por el panorama, no podía perder un segundo en encontrar el único albergue del lugar, antes de que oscureciese más. Se encontraba en la parte más alta del pueblo, preguntando con señas a los lugareños no solo conseguí que me indicaran el camino, sino que uno de ellos incluso se ofreció a llevarme en moto. Los dormitorios eran compartidos, a 35 yuanes (5 euros) cada una de las cuatro camas. Me tocó compartir con tres tibetanos, uno de ellos muy mayor, cuyas familias estaban todo el día en la habitación bebiendo un té con leche que impregnaba el lugar de un olor rancio. El baño estaba en el exterior del edificio, una estructura de maderas roídas sobre un asqueroso pozo ciego con cientos de kilos de heces en su interior. ¡Ah! Y, por supuesto, no había agua corriente en todo el pueblo, por lo que era imposible ducharse. Eso me hacía pensar en los años que haría que no lavaban las mantas de la cama en la que dormía… ¡Bendito saco de dormir!

cuesta larung gar

La primera mañana de las dos en las que desperté allí, todo amaneció completamente blanco. No había parado de nevar durante toda la noche y no lo haría casi en todo el tiempo que me quedé allí. Las placas de hielo que se habían formado en las calles, siempre en pendiente, garantizaban más de un resbalón. Había que caminar con precaución, lo último que quería era partirme una pierna en ese lugar. La noche anterior hablé con unos de los pocos turistas que había en el lugar, un chino con buen nivel de ingles y un australiano que llevaba allí más de una semana. Me recomendaron ir a un entierro celestial. Ya que empezaron a describirme la ceremonia recordé que una pareja de israelíes que conocí en el circuito Annapurna de Nepal me habían hablado de ello. Así que decidí unirme a un grupo de turistas chinos que también se dirigían allí en una furgoneta facilitada por el albergue. Tardamos un poco en salir, pero en apenas 15 minutos ya llegamos al lugar. Una gran plataforma en medio de un valle repleta de esculturas de mármol que evocaban la muerte y el más allá, nos daba la bienvenida.

esculturas cementerio celestial

Aquello, que no dejaba de ser una respetable ceremonia funeraria basada en creencias del budismo tibetano, fue lo más horripilante que haya visto y veré (espero) en mi vida. No paraban de llegar cadáveres de mujeres, ancianos y hasta bebes envueltos en lonas. Un par de hombres con cuchillos de carnicero los desenvolvían y procedían a descuartizar los cuerpos a sangre fría. Piernas por un lado, brazos por otros, cabeza fuera… y, por si fuera poco, abrían los torsos en canal para sacar las vísceras y los cráneos para sacar los sesos. Pero, creedme, lo peor de todo no era ver todo eso, sino el olor que desprendía la carne humana. Sentía como que esos cadáveres se metían dentro de mi al respirar ese aire.

Y preguntaréis por qué todo este espectáculo tan dantesco… Pues bien, en muy resumidas cuentas, los budistas de esta región creen que el cuerpo es un mero contenedor del alma, por lo que, una vez que alguien muere y se libera del cuerpo que ha estado “ocupando” en esa vida, lo correcto es devolver ese cadáver al ciclo de la vida lo más limpia y rápidamente posible. De ellos se encargan los buitres, ángeles según los tibetanos, que, al comerse estos restos descuartizados, elevan el cuerpo a los cielos y devuelven esta materia al ciclo de la vida.

entierro celestial

Es algo muy difícil de entender desde nuestra óptica occidental. De hecho, hasta a los propios chinos de etnia han les costó entenderlo, lo cual les llevó a prohibir esta práctica durante muchos años tras la Revolución Cultural. Pero, más allá de la curiosidad o morbo de ver un acto así, fue una experiencia antropológica sin igual que me hizo replantearme el significado de la muerte de una manera mucho más profunda que leyendo cientos de libros filosóficos al respecto.

bandera larung gar

La segunda noche, después de presenciar la ceremonia, me costó dormir, lo reconozco. Los mantras, que no paraban de sonar 24 horas por los altavoces esparcidos por todo el pueblo, hacían cada vez más mella en mi ánimo, ya de por sí muy malogrado por el incipiente frío. En el tiempo que me restó allí, solo encontré calor; físico y humano, en uno de los pocos locales del pueblo donde servían comida. Siempre atestado de monjes y en el que se comían ricas tukpas y momos tibetanos.

monjes larung gar

A la mañana siguiente desperté bien temprano para emprender camino de regreso a Maerkang para luego continuar dirección norte hasta la provincia de Gansu. Dos días completos de autostop tardé en llegar. Fue un viaje mágico, pero lleno de imprevistos. Primero conseguí un pasaje de mano de unos señores que no entendieron que me dirigía a Maekang y que acabaron sacándome varias horas de mi ruta dirección sur. Por suerte, pero no sin sacrificio, conseguí retomar el camino con otro pasaje en la furgoneta de una familia tibetana atravesando una zona casi inhóspita de la región. Solo por eso valió la pena la equivocación. Me pilló la noche todavía a horas de distancia de Maerkang, pero tuve la suerte de ser levantado de la carretera por un simpático camionero chino. Llegué a Maerkang en la madrugada y pasé unas horas de espera hasta el amanecer sentado en el sofá de una recepción de hotel aprovechando que el recepcionista dormía detrás de la recepción. Tan pronto como salió el sol, emprendí camino hacia Langmusi, justo en la frontera de Sichuan con Gansu. El autostop se fue dando muy bien, pese al frío y el viento que hacía las esperas eternas. Llegué a mi destino todavía de día, pero con la mala suerte de ser atacado nuevamente por un perro callejero 10 km antes de llegar a Langmusi. Por fortuna, otra vez, no llegó a morderme. Pero en el brusco acto de quitarme la mochila en un par de segundos para arrojársela justo ante de que me alcanzara, me lesioné la parte baja de la espalda. Por suerte, llegué a mi destino y, en los días posteriores, me fui recuperando para proseguir mi camino rumbo a Pekín. Atrás quedaba Larung Gar, un lugar que jamás olvidaré y que, con la esperanza de que nunca cambie, seguiré recomendando a quien sepa que vaya de visita a China.

valle larung gar

Ojalá me siga tocando conocer muchos lugares tan impresionantes y auténticos como este durante esta vuelta al mundo y en el resto de mi vida.